Era sé una vez, dos niños que pensaban
que la vida era comer, bajar al parque a jugar con la arena y dormir.
Sus
familias vivían paralelas orientadas al sol, día tras día se veían,quedaban en
aquel agujero escondido entre las ramas de los árboles, fueron creciendo, tarde
tras tarde, mañana tras mañana.
Se
hicieron amigos, pasaban casi todo el día juntos, jugaban a la pelota,
se
enfadaban y se tiraban arena, jugaban al escondite... . Todo
terminó cuando una tarde, él la esperaba con su cubo y su pala en el arenero y no
apareció. Se había cambiado de casa, y
ya poco pisaría aquel parque.
Al enterarse, el niño, dejó de bajar, se
culpaba, pensando qué tal vez, por su culpa se había ido, recordaba cómo
estaban en el columpio gritando y riéndose, ella odiaba que la empujara con
fuerza, pensaría que daría la vuelta al mundo y se daría contra el suelo. Días
anteriores a su partida, el niño cogió una margarita y se la puso en el pelo,
ella fue a su casa tan contenta que hasta su sonrisa proyectaba rayos de sol,
estaba contenta, le gustaba y no se quería ir. Ha día de hoy sigue conservando
aquella margarita en su diario, aquel en el que escribía que era la última
tarde que pasaba a su lado, despidiéndose con una lágrima. Todo se quedó allí,
pero los recuerdos no cesaron, cada vez que se tumba en la cama, mira su diario, y recuerda esa margarita que
le regaló, y la observa…y piensa, que bonito era ser niño.
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